Ilusiones y sesgos cognitivos

Son muchos, y muy importantes, los problemas que aquejan en la actualidad a nuestra sociedad y que tienen que ver con las vulnerabilidades de la mente humana. Problemas serios y nada despreciables relacionados con la salud pública, como el movimiento antivacunas, el abuso de los antibióticos y la exaltación de las pseudociencias, son algunos ejemplos. <seguir leyendo en Investigación y Ciencia>

 

Una realidad a nuestra medida (entrevista a Helena Matute)

NOTA: Entrevista publicada en La Nueva Ilustración Evolucionista el 6 de diciembre de 2020. Reproduzco aquí la entradilla <Seguir leyendo en La Nueva Ilustración Evolucionista>.

Acaso pueda resultarnos extraño, y paradójico, pero conforme más vamos «conociendo» cómo «elaboramos» nuestras percepciones y cogniciones tanto más evidente se nos presenta el hecho de que nuestro conocimiento del mundo es, en el mejor de los casos, inexacto. Las vías de entrada y llegada al escenario del «teatro de nuestra consciencia» (Bernard Baars) de lo que es y acaece allá afuera, son las» puertas de la percepción» (Aldoux Huxley) de nuestros sentidos, y el corredor oscuro y laberíntico de los bastidores de nuestro cerebro inconsciente. <Seguir leyendo en La Nueva Ilustración Evolucionista>

“La gente debe saber que la ciencia no da certezas, pero es lo único a lo que agarrarnos”

NOTA: Esta entrevista que me hizo José Luis Zafra se publicó en Agencia Sinc el 3 de Octubre de 2020. Reproduzco aquí los primeros párrafos.

Para combatir desinformaciones, es mejor prevenir y formar al público que forzar un cambio de opinión. Matute, que investiga sesgos, asociaciones mentales e ilusiones causales, considera que la equidistancia de algunos medios y la politización son los grandes problemas de las noticias falsas en la pandemia.

La desinformación no es una broma: plantea un problema de desconfianza y percepción del público que, si no está preparado, tendrá dificultades para distinguir qué información es veraz y cuál es falsa. <Seguir leyendo en Agencia SINC>

Nuestra mente nos engaña

Matute, H. Nuestra mente nos engaña: sesgos y errores cognitivos que todos cometemos. Shackleton Books – [ISBN: 978-84-17822-39-2]

¿Qué pensaría usted si le demostraran que no puede fiarse de sus sentidos, ya que mucho de lo que ve y lo que oye es una construcción de su mente? ¿Y si le dicen que buena parte de sus recuerdos son inventados y sus razonamientos el resultado de sus intereses más que de las leyes de la lógica? La mente humana es prodigiosa, pero está muy lejos de ser tan precisa y rigurosa como un ordenador: comete numerosos errores. Sin embargo, esas aparentes imperfecciones tienen su explicación, pues nos han servido para adaptarnos lo mejor posible al mundo en que nos ha tocado vivir.

Ahora bien, toda esa intuición y flexibilidad tiene un alto precio que a menudo pagamos en términos de errores, invenciones y engaños de nuestra propia mente. No hablamos de errores que cometemos de forma aleatoria, sino de aquellos en los que caemos todos de manera sistemática, como si estuviéramos programados (de hecho, lo estamos) para cometer ese mismo error. Es lo que solemos llamar «sesgos cognitivos».

Contenido:

Búscalo en Casa del Libro

AUDIO -> No dejeis de escuchar esta Magnífica presentación del libro, realizada por @InkoMartin y @galderperez @GraffitiEITB (RADIO). A mí me ha encantado el formato. Muchísimas gracias, amigos :))

Podeis encontrar información adicional sobre el libro en:

Hubo una edición previa de este libro que formó parte de la Colección de Neurociencia y Psicología, en el diario El País, en 2018. Quiero agradecer a todos los lectores su estupenda acogida, pues gracias a ellos se publica ahora esta segunda edición en formato independiente para librerías de todo el mundo.

Twitter: @HelenaMatute

El pensamiento crítico hay que cultivarlo

 

pensador

 

Existen dos modos de pensamiento. Uno es racional, crítico, lento y terriblemente costoso. El otro es automático, inconsciente, emocional, rápido, intuitivo, pero también muy vulnerable y sujeto a errores. Este último módulo viene instalado de fábrica en el cerebro humano y actualizado con la última versión, se ha desarrollado y pulido sin descanso durante millones de años de evolución de las especies. El otro, el racional, es demasiado joven aún, no se ejecuta de manera automática y tiene muchos agujeros que necesitamos ir parcheando.

El módulo emocional y automático es el que nos permite salir corriendo a escondernos sin necesidad de pensarlo cuando oímos un ruido extraño en la noche. Es el que nos empuja a invertir en casas no cuando el sector inmobiliario está barato, sino cuando está disparado en precios y todo el mundo quiere comprar una segunda y hasta tercera vivienda (algo que, si lo analizamos en modo racional, veremos que no tiene sentido, pero no es el modo racional el que usamos por defecto). Es también el que nos permite rechazar automáticamente un alimento que hemos asociado, quizá inconscientemente, con un malestar gástrico. Aunque racionalmente sospechemos que posiblemente sea erróneo el diagnóstico que estamos haciendo, la mera visión de ese alimento nos producirá náuseas si lo hemos asociado con el malestar. Pero este módulo de pensamiento tan falible es también el que nos ha permitido sobrevivir al ayudarnos a evitar alimentos potencialmente tóxicos sin necesidad de pensarlo, algo que resultaría lento, costoso y a veces letal.

Es también este modo de funcionamiento automático el que nos permite recuperar en una milésima de segundo toda la esencia de la infancia perdida al saborear un trocito de magdalena mojada en té, como aquella que tomábamos cuando niños y que tan magistralmente supo devolvernos Marcel Proust. Es, en definitiva, el mismo módulo que permite al perro de Pavlov predecir qué sonidos irán seguidos de alimento y cuáles pueden ser ignorados. O, lo que es lo mismo, es el que indica ante qué estímulos procede salivar o modificar parámetros corporales o rememorar infancias perdidas con toda su carga emocional, y quizás hormonal, y ante cuáles es mejor no hacer nada.

Pero, como estamos viendo, este módulo es también muy incierto, muy intuitivo y acostumbra a cometer muchos errores, a modificar parámetros fisiológicos a veces ante meros placebos, a hacernos salir corriendo ante peligros que no son tales o a rechazar de vez en cuando alimentos que no suponen amenaza alguna. Ante la duda se decide, sin pensarlo dos veces, por la opción que generalmente presenta menos riesgo. Conlleva menos riesgo normalmente rechazar un alimento inocuo que ingerir uno tóxico o que pensarlo durante largo tiempo. Esta estrategia ha tenido, como es lógico, mayor valor de supervivencia. Por eso predomina.

Es también, este modo automático de pensamiento, el que empuja a las palomas -y a las personas- que participan en experimentos psicológicos a desarrollar la superstición de que es, por ejemplo, moviendo la cabeza hacia la derecha -o colocándose un amuleto- como consiguen la comida o el premio. Esa recompensa está programada de antemano para ocurrir independientemente del comportamiento del sujeto, tal y como sucedería, por ejemplo, con la danza de la lluvia y las remisiones espontáneas de determinadas dolencias en situaciones naturales. Tanto en el caso de la paloma que acaba desarrollando la superstición de que son los saltitos hacia la izquierda lo que causa la entrega de comida como en el del humano que acaba creyendo que teclear 456 es lo que hace que aparezca el premio en un videojuego experimental, es en realidad la mera coincidencia entre ese comportamiento y la ocurrencia del resultado deseado lo que propicia la instauración de la creencia supersticiosa y de la ilusión de estar controlando el entorno.

Y, sí, decíamos que existe también otro tipo de pensamiento. Pensamiento racional, lógico, crítico, correcto. Es el que un robot y un científico darían por bueno. Pero es muy costoso y muy cansado. Requiere pensar, pararse, analizar ventajas e inconvenientes, ver el mismo problema desde varios ángulos. Requiere esfuerzo, tiempo, energía. Ni siquiera el científico, cuando sale de su trabajo y llega a casa, puede mantener conectado ese modo de pensamiento; necesita poner el piloto automático para poder tomar decisiones rápidas cuando ve la tele con los niños, prepara la cena, decide el coche que comprará el sábado mientras suena el teléfono y amenaza tormenta.

No, el pensamiento crítico y racional no viene instalado de fábrica, y eso es lo más importante que debemos recordar. Hay que preocuparse de instalarlo y configurarlo adecuadamente a base de mucho aprendizaje, muchas lecturas y mucho esfuerzo consciente. Y hay que actualizarlo a diario, porque no es el pensamiento crítico el sistema operativo por defecto de la mente humana, ni está pulido por el uso y por la evolución como lo está el modo automático y emocional de funcionamiento mental. El módulo racional, no nos olvidemos, es una conquista muy reciente, necesitamos acordarnos de mantenerlo conectado y de actualizarlo a diario. Para que no nos entren muchos virus de esos que atontan la mente.

(Este artículo lo publiqué originalmente en el diario El Correo, con fecha 14 de enero de 2013)

Aquí os dejo también la entrada de este artículo en Menéame, con sus comentarios.

@HelenaMatute