Superstición y método científico

Podríamos considerar la superstición como un error de nuestro cerebro y de nuestros mecanismos de aprendizaje, pero curiosamente, es, al mismo tiempo, fruto de esa gran flexibilidad y rapidez con que funciona el cerebro humano, que es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie y adaptarnos a un medio que está continuamente cambiando. Los mecanismos de aprendizaje funcionan habitualmente a las mil maravillas. Lo único que ocurre es que a veces producen supersticiones.

A lo largo de la evolución humana las supersticiones no han solido ser letales, en general, y no han solido colocar al individuo supersticioso en posición de desventaja en cuanto a la propia supervivencia. Pensemos, por ejemplo, en la medicina, que puede ser uno de los casos más claros. Téngase en cuenta que no ha estado tan avanzada como ahora hasta fechas muy recientes. Hasta hace muy poco tiempo en la historia de la humanidad probablemente no fue una gran desventaja pensar que para curar una enfermedad había que cantar a la luna llena; de hecho, mayor desventaja tenían los que, en ausencia de creencias supersticiosas, se aventuraban a decir cosas como que la tierra giraba alrededor del sol o que la lluvia no la producía el hechicero. Quizá incluso haya existido, a lo largo de la historia, una cierta ventaja evolutiva para aquellos individuos que tenían una mayor tendencia a la superstición.  Quizá por eso se ha mantenido hasta ahora la superstición, pero eso no significa que sea buena ahora y debamos perpetuarla. 

En psicología siempre se asume que una conducta es patológica cuando hace daño al propio individuo o a otras personas. Por ejemplo, cuando el hecho de estar tomando unas hierbas milagrosas para prevenir el infarto de miocardio hacen a una persona gastarse un dineral en el supuesto tratamiento y además le confirman la creencia de que puede seguir comiendo todo lo que le apetece porque ya está protegido con sus brebajes. Además, si actúa en consecuencia con su creencia, esa persona dejará de acudir al médico, pues como todo el mundo sabe, lo primero que éste hará será decirle que debe dejar de tomar su brebaje y que debe empezar a confiar en la medicina científica, que es la única que puede proporcionarle algún remedio (cuando éste existe).

Estamos por tanto ante un caso de superstición claramente dañina para esa persona y esto es un ejemplo bastante común de lo que ocurre en la actualidad. Pero claro está, los vendedores de supersticiones esgrimirán inmediatamente el argumento de que la medicina científica está vendida al oro de Moscú, y nuestro pobre paciente del brebaje volverá a confiar en ellos y evitará pasar por el quirófano, pues por lo general los vendedores de pseudociencia le darán mayores esperanzas para su enfermedad que el médico, demasiado realista y calculador, normalmente. Además nuestro ingenuo paciente se acabará creyendo eso de “total, no hago daño a nadie”. Es sencillo el proceso.

Hace unos pocos siglos, el no ser supersticioso quizás habría servido únicamente para sumirse en una depresión al darse cuenta uno de que era muy poco lo que podía hacer para mejorar sus condiciones de vida cuando tenía, por ejemplo, un problema serio de salud. Hoy en día hay muchas cosas que podemos hacer, nuestra sociedad es la primera en la que empieza a tener sentido abandonar las supersticiones. Pero el mero hecho de que la superstición nos evite caer en la depresión y la desesperanza cuando no hay nada que hacer para mejorar una situación suele ser a menudo un motivo para mantener la creencia supersticiosa de forma más o menos consciente. Por supuesto, tiene también grandes riesgos.

La única manera de luchar contra la superstición es convencer al individuo de que esa conducta que realiza, ese brebaje que toma, o ese amuleto que lleva no tienen nada que ver con el resultado que espera conseguir. Y para ello sólo hay una vía: convencerle para que se atreva a no emitir la conducta en cuestión y que observe cómo el resultado esperado ocurre con la misma probabilidad, tanto si emite la conducta (supersticiosa) como si no lo hace. En el fondo, lo único que hacemos con esto es enseñarle los rudimentos del experimento científico; enseñarle que para saber si algo es o no efectivo siempre vamos a necesitar una condición de control. El verdadero problema es que no podemos enseñarle esto tan importante cuando está a punto de entrar al examen (o al quirófano). Se siente tan indefenso yendo al examen sin el amuleto que a menos que haya interiorizado mucho antes los procedimientos básicos de control científico de los que estamos hablando, no se atreverá nunca a ponerlo a prueba precisamente ese día. Todo esto habría que enseñarlo mucho antes. En la escuela, a todos.

@HelenaMatute

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¿Por qué somos supersticiosos? Publicado en Cuaderno de Cultura Científica.

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