El pensamiento crítico hay que cultivarlo

ImagenExisten dos modos de pensamiento. Uno es racional, crítico, lento y terriblemente costoso. El otro es automático, inconsciente, emocional, rápido, intuitivo, pero también muy vulnerable y sujeto a errores. Este último módulo viene instalado de fábrica en el cerebro humano y actualizado con la última versión, se ha desarrollado y pulido sin descanso durante millones de años de evolución de las especies. El otro, el racional, es demasiado joven aún, no se ejecuta de manera automática y tiene muchos agujeros que necesitamos ir parcheando.

El módulo emocional y automático es el que nos permite salir corriendo a escondernos sin necesidad de pensarlo cuando oímos un ruido extraño en la noche. Es el que nos empuja a invertir en casas no cuando el sector inmobiliario está barato, sino cuando está disparado en precios y todo el mundo quiere comprar una segunda y hasta tercera vivienda (algo que, si lo analizamos en modo racional, veremos que no tiene sentido, pero no es el modo racional el que usamos por defecto). Es también el que nos permite rechazar automáticamente un alimento que hemos asociado, quizá inconscientemente, con un malestar gástrico. Aunque racionalmente sospechemos que posiblemente sea erróneo el diagnóstico que estamos haciendo, la mera visión de ese alimento nos producirá náuseas si lo hemos asociado con el malestar. Pero este módulo de pensamiento tan falible es también el que nos ha permitido sobrevivir al ayudarnos a evitar alimentos potencialmente tóxicos sin necesidad de pensarlo, algo que resultaría lento, costoso y a veces letal. (… sigue leyendo en El Correo Ciencia)

Aquí tienes también la entrada de este artículo en Menéame, con sus comentarios.

Seguir a @HelenaMatute en Twitter

Mercados irracionales, votantes racionales (¿o era al revés?)

Resulta que muchos economistas parece que se percatan ahora de que los mercados son irracionales. Habla Draghi y sube la bolsa; vuelve a hablar y la bolsa baja. Parece el de Zumosol en versión financiera.

Bromas aparte, cuando ocurren estas cosas una se pregunta dónde estaban muchos  economistas en 2002 cuando Daniel Kahneman recibió el Nobel de Economía.  Kahneman, probablemente el psicólogo vivo más influyente del mundo, no recibió el Nobel precisamente por demostrar lo lógica y racional y predecible que es la economía y las decisiones financieras, sino precisamente por todo lo contrario: por demostrar que la economía es tan irracional como las mentes humanas que la rigen. ¿Qué esperábamos que ocurriera ahora, pues?

Sí, sí, ya sé. Estaban los economistas en esa época en Lehman Brothers, todos ellos, muy ocupados, realizando predicciones muy racionales que además solían salir bien. O en el Banco X, o en Brockers-Corporation Z, que para el caso es lo mismo. O apostando a corto, a ver si lograban hundir un país y embolsarse unos cuantos millones en el camino. Los países no lo prohibían (¿para qué, si todo va tan bien?). Y lo más bonito, además, es que en esa época estaban todos convencidos de que los mercados eran racionales, a pesar de que Kahneman se hubiera llevado el Nobel (por enchufe, debían pensar o así). Y claro, no hicieron ni puñetero caso ni a las advertencias de Kahneman ni a tantos y tantos años previos de investigación psicológica sobre economía conductual. Esos experimentos del laboratorio psicológico están demasiado alejados de la realidad, no merecen la pena, son cosa de unos pocos frikis que tienen mucho tiempo que perder.  Bah, científicos satisfaciendo su curiosidad intelectual y gastando dinero público.

¿Saben qué me dijeron hace poco cuando de una facultad de economía me pidieron un seminario y les dije que el tema que pretendían no estaba demostrado? ¿No lo imaginan? Pues que ellos eran mucho más prácticos, que no les importaba si estaba o no demostrado, y que si funcionaba era suficiente y que eso era lo único que necesitaban conocer sus alumnos.  O sea, era suficiente con impartir las teorías e ideas atractivas que sustentaban esa (pseudo)ciencia aunque no hubieran sido capaces de superar las exigencias del rigor científico; al fin y al cabo la economía es más prosaica, debe ser muy práctica y debe dar respuesta a lo que quiere la sociedad. Si funciona (o lo parece a ojímetro), eso es lo único que importa. La ciencia, en cambio, como nunca intentará ir por detrás de la sociedad, satisfaciendo sus demandas, pues claro, hay veces que dice que aunque algo parezca que funciona, y aunque una predicción parezca correcta, resulta que se debe al mero azar. Y eso es ser muy aguafiestas.

Es de libro. Me refiero a eso del “a mí me funciona”. Es igual en economía que en astrología o en homeopatía. Si haces una apuesta en el gran casino de los mercados y sale bien, la conclusión es que sabes aplicar las reglas de los mercados, sabes predecir su comportamiento, y se trata además de un comportamiento racional. Si sale mal, bueno, la cosa es probabilística, no tiene por qué salir siempre bien, has podido tener mala suerte, algún factor extraño se ha colado en la ecuación, vuelve a probar, en realidad tu predicción era la correcta pero resulta que justo publicaron el dato del precio del crudo y claro, se fue todo al garete, como en el horóscopo cuando la predicción no hay por dónde agarrarla pero no pasa nada, la dejamos aparcada, a la espera de acertar mañana.

Lo malo es que hemos llegado a una situación que ya nadie, nadie, nadie esperaba. ¿Cuántas veces puede equivocarse la tarotista (o el tarotisto? – va por, ti, Reverte :-) antes de que los clientes se le echen encima y tenga que explicar eso de que el problema son las cartas, que se han vuelto irracionales de repente?

Sí, los mercados son irracionales, pero siempre lo han sido. Cuando las cosas iban bien era demasiado fácil predecirlos y acertar con cierta frecuencia, y algunos sacaban de ahí la conclusión de que eran racionales. Es como la pulserita milagrosa que nos ponemos para evitar el cáncer y el dolor de espalda y los grandes males. Mientras todo va bien, la pulserita coincidirá con la época de bonanza y diremos eso de “a mí me funciona”. Además sacaremos la conclusión errónea de que eso es una prueba directa e irrefutable de que funciona. Así, en general: tiene poderes, de verdad. Y la venderemos a otros, que se tragarán la historia. Además, les contaremos probablemente que esos aguafiestas que te dicen que es pura casualidad y apariencia, son eso, unos aguafiestas, su único problema es que la han probado poco. ¿Es necesario que se tuerzan tanto las cosas para que nos demos cuenta de que ese razonamiento es falaz? Quizá los economistas y los políticos deberían leer a Kahneman y a otros grandes de la economía conductual y la irracionalidad antes de aprobar la carrera… Incluso adquirir unos conocimientos básicos de método científico antes de ponerse a dirigir el mundo.

Para saber más: Un par de referencias básicas  para conocer cuán irracionales somos (todos nosotros y la economía también):

  • Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Madrid: Debate
  • Ariely, D. (2008) Las trampas del deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales  que nos llevan al error. Barcelona: Ariel

Seguir a @HelenaMatute en Twitter

Pensamiento emocional y elecciones

Seguir a @HelenaMatute en Twitter

El modo emocional de pensamiento es, entre otras cosas, el que nos permite saber a quién vamos a votar en las próximas elecciones sin necesidad de pensarlo ni dedicarle las energías y recursos cognitivos que tanto necesitamos en el día a día para lidiar con los niños, los jefes, el tráfico, o la hipoteca. ¿Alguien que no se dedique al periodismo o a la política puede dedicar tiempo a leer programas electorales, informarse racionalmente, pensar pros y contras de cada posible partido político y tomar una decisión informada y razonada? ¿O hacemos más bien una decisión rápida y emocional, y luego, si nos preguntan, ya buscaremos la forma de justificarla con argumentos rápidos y vehementes, normalmente no muy pensados? Vale, perfecto, somos así, tenemos otras cosas más importantes en qué pensar y en las que invertir nuestro tiempo y  energías. Sí, sin duda. Pero entonces no vayamos diciendo que votamos con la cabeza y tras una larga, racional, y meditada evaluación de los pros y contras de cada propuesta y cada candidato. No cuela… y lo peor es que ellos, los políticos, lo saben. Piensa en ello.

Seguir a @HelenaMatute en Twitter